Take me out.
Bien acompañado, ríes y hablas, jaleas, suspiras, chillas, sueltas un taco, te callas, miras a tu alrededor. Y entonces lo ves. Como una estela te nubla la vista. Como un imán te atrae. Te pone el corazón a mil por hora como un redbull en ayunas. Como un buen calo deja volar tu imaginación. Te abres paso entre la gente, la miras, te mira. Andas despacio hacia ella. Ella hace lo propio. Una suave brisa entra por la puerta entreabierta y mueve su rubia melena. Lleva un blusón azul, muy largo, unos vaqueros ajustados y unas botas marrones. Es la chica más guapa, atractiva y dulce que hasta hace daño mirarla. Os encontráis, de frente. Una fuerza especial os atrae. Como si dos hilos de la naturaleza os estuviese uniendo. Y sin mediar palabra, le acaricias la cara, apartas un mechón de su precioso pelo, hasta llevárselo a un lado.. Ella te agarra de la cintura y te coge la cara. Y en un pestañeo, estás teniendo el mejor beso de tu vida. Pasan minutos, horas. No hay calentón. No hay tiempo para eso. Es tan preciosamente frágil que tienes miedo de romperla. Es un sueño hecho realidad. La vida real basada en una película. Ni el mejor guionista lo habría podido escribir. Ni Velázquez, Goya o Picasso jamás lo hubiesen pintado. Ni Andy Warhol lo hubiese retratado. Tú eres el protagonista y no Hugh Grant. Ella es ella, no Jennifer Aniston. Si pierde tu equipo te da igual. Que la adrenalina está en tu sangre y no hay nada que pensar. Solo dejarse llevar. Que dentro hace calor, hay mucha gente estorbando. Os miráis de nuevo. Brillo en sus ojos verdes. Sonrisa en su cara. Notas su mano en tus labios quitándote el rojo de su pintalabios. Y con una rotunda frase, un silencioso beso y un caluroso abrazo, empezó la historia más grande jamás contada, sobre ella, sobre ti. Sobre los dos.

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